MISERIAS DE LA SELECCION DE PERSONAL EN CHINA
Les juro por mis hijos –y tengo unos pocos, que yo sepa–, que no recordaba que esto de trabajar fuera tan cansado. Al fin y al cabo, como dice un amigo mío, lo del trabajo es medianamente fácil: Tú les das ocho horas de tu tiempo, y ellos te dan dinero. En China sin embargo las cosas, por lo menos las que van en serio, son un poco diferentes, pero ya les comentaré otro día, que tampoco es cosa de alarmar a la peña innecesariamente.
Pero bueno, a lo que vamos. Ando últimamente liado con temas de selección de personal nativo para una empresa que se supone debe ser productiva algun día. A los iniciados en la materia y que lleven más de dos semanas en China no hace falta que les diga más, y pueden saltar directamente a la foto de la chica del día. A los demás, paso a comentarles.
La selección de personal cualificado para su empresa en este país no es que sea un mal sueño del cual usted algún día pueda despertar, es que es la madre de todas las pesadillas. Sobre todo si usted ha tenido la habilidad estratégica de colocar su empresa en el polígono industrial de un pintoresco pueblecillo con suelo de precio asequible o incluso regalado, lo cual le ha granjeado sin duda las simpatías de la mayoría del consejo de administración. Lo malo viene cuando trate usted de rellenar su empresa con simpáticos animalillos medianamente activos que respondan al equívoco nombre de mano de obra, momento en el que se dará usted cuenta del enorme error que ha cometido.
Lo sé, lo sé, en Shanghai y otras ciudades de “first tier” –como dicen mis amigos los consultores cualificados– las autoridades locales le han ninguneado a usted miserablemente cuando se le ha ocurrido mencionar la escuálida cuantía de su inversión, pero ello en ningún caso justifica el suicidarse alegremente colocando su flamante empresa en un villorrio de “vigésimo tier”. Lo comprobará usted cuando trate de encontrar seres humanos que sepan hacer algo productivo, no hablemos ya de que hablen inglés –español, ni lo sueñe. Pero bueno, sepa usted al menos que cuenta con mi simpatía incondicional. Espero que le consuele.
Miren ustedes, en esa anomalía geográfica que llamamos España al menos uno sabe con quién se juega los cuartos en estos temas, y a la hora de seleccionar personal usted detecta un gilipollas antes incluso de que se le siente delante. De hecho, los gilipollas profesionales hace ya tiempo que dejaron de presentarse a las selecciones de mediano nivel, desanimados sin duda por su bajo nivel de éxito.
Pero aquí, amigo mío, la cosa es justamente al contrario. Cualquier gilipollas nativo se considera con derecho –yo diría que incluso obligación– a obtener un puesto de trabajo en su empresa, y dada nuestra tolerancia y/o ignorancia en estos temas, suelen conseguirlo con pavorosa eficacia estadística. De hecho, no solamente les contratamos con un sueldo astronómicamente desproporcionado sobre lo que van a rendir, sino que encima les aguantamos un año o más mientras cometen impunemente todo tipo de tropelías, abusos, dolos, fraudes y mamoneos en general, mientras mantenemos la falsa esperanza de que se produzca un milagro y nos sirvan para algo. No se preocupe, todos lo hemos hecho. Y todos nos hemos arrepentido, pero debe haber algún virus contagioso de la estupidez congénita en estas tierras, porque todos seguimos haciéndolo. En fin.
¿Hay algún paliativo para esta tragedia repetitiva? Pues hombre, sí. Yo le recomendaría que al hacer las previsiones de personal sea usted menos optimista y calcule más tiempo hasta que su empresa esté plenamente operativa. Que contemple un departamento de recursos humanos potente y eficaz, donde aunque no produzcan estará lo mejorcito y más fiable de su gente, no se engañe. Que no contrate idiotas alegremente pensando que ya se librará de ellos si no funcionan, porque los idiotas son increíblemente ingeniosos para aferrarse a los suculentos puestos de trabajo disponibles en las empresas extranjeras. Que se prepare para aguantar un índice de rotación que haría palidecer al empresario de trata de blancas más desalmado. Y sobre todo, por lo que más quiera, no pague usted sueldos desproporcionadamente altos al personal que considere altamente cualificado. En primer lugar porque pronto se dará cuenta de que no lo están, a menos que sea usted ciego, sordo y tonto, y encima le será increíblemente difícil librarse de ellos. Y en segundo lugar, porque ello sirve para alimentar un segmento de población especializado en trabajar a precios increíblemente abusivos para los “laowais” –o dicho directamente, en robarles a la cara.
Bastante cruz tenemos con ir a la cola de americanos, alemanes, ingleses, franceses y si me apuran, italianos. Normalmente solemos pelear por lo que ellos desechan… así que por lo menos no me contribuya usted a fastidiar el mercado más de lo que ya lo está. Por favor.
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